—Yo estaría con ustedes—dijo el joven sociólogo—, siempre que ustedes se atuvieran á la parte científica de la doctrina. La idea anarquista, sí; el sentimiento anarquista, no; porque no produce más que crímenes y brutalidades.
—Ustedes los sociólogos, los ateneístas—murmuró el de las barbas con sorna—, quieren catalogar las ideas y los hombres, como los naturalistas clasifican las piedras y las mariposas. Se han muerto doscientas personas de hambre. No hay que indignarse, la cuestión es ver si el año pasado se murieron más ó menos.
—¿Nos vamos á poner á llorar?
—No digo eso. Lo que quiero decir es que todos los números y todas las estadísticas no sirven para nada. Dice usted: la idea anarquista, sí; el sentimiento anarquista, no. Pero eso no puede ser, no ha sido nunca. Entre miles de anarquistas que habrá actualmente en el mundo, no llegarán á quinientos los que tengan una idea clara y completa de la doctrina. Los demás son anarquistas, como hace treinta años eran federales, como antes progresistas, y como en épocas pasadas monárquicos fervientes. Podrá ser un sociólogo anarquista por un espejismo científico; pero el obrero lo será porque actualmente es el partido de los desesperados y de los hambrientos. El obrero se contagia con el sentimiento anarquista que hay en el ambiente; el sabio no; toma la idea, la estudia como una máquina, ve sus tornillos, observa su funcionamiento, señala sus imperfecciones y luego va á otra cosa; el obrero, por el contrario, no tiene términos de comparación, se agarra á la idea como á un clavo ardiendo; ve que el anarquismo es el coco de la burguesía, un partido execrado por los poderosos, y dice: «¡Ese es el mío!»
—Está bien; pero yo no soy anarquista de ese modo. Para mí la anarquía es un sistema científico.
—Pues para el pueblo no es más que la protesta de los hambrientos y de los exaltados.
—Seguramente no nos entendemos—dijo Juan—, ¡vámonos!
—No; no nos podemos entender—replicó incomodado el sociólogo—. Primeramente debíamos saber cuál es el programa de ustedes.
—Creo que mi compañero ha dicho que somos anarquistas.
—Yo también lo soy.