—Pues entonces debemos estar conformes. Nosotros queremos aligerar esta atmósfera pesada, abrir los balcones, que entre la luz para todos; queremos una vida más intensa, más fuerte; queremos agitar, remover esto.

—Pero eso no es un programa claro.

—¡Programa claro! ¿Para qué?—exclamó el Libertario—. ¿Para no realizarlo nunca? ¿Es que vamos á tener la vanidad de suponer que los que vengan detrás de nosotros van á considerar como infalibles los planes que nosotros hemos forjado? No, ¡qué demonio! Lo que se siente es la necesidad del cambio, la necesidad de una vida nueva. Todos sentimos que esta organización social no responde á las necesidades de hoy. Está todo variando, evolucionando con una rapidez enorme; no sólo varía la ciencia, sino las ideas de moral; lo que ayer se tenía por monstruoso hoy se considera natural; lo que ayer pasaba por lógico hoy se tiene como injusto. Se está verificando un cambio completo en las ideas, en los valores morales, y en medio de esta transformación la ley sigue impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen ustedes? Ese. Acabar con las leyes actuales... Hacer la revolución; luego ya veremos lo que sale.

—No estamos conformes.

—Bueno. ¡Vámonos!—dijo Juan.

Se levantaron los cuatro. El dueño de la casa les aseguró que les había oído con verdadero placer y que tendría una gran satisfacción en ser su amigo.

El militar les saludó con efusión y también el de los anteojos.

Salieron los cuatro á la calle.

—Abrígate—le dijo Manuel á Juan.

—Quia, no hace frío.