La noche estaba suave y tibia; la tierra abrillantada por una lluvia menuda. El cielo obscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un manto de plomo; las luces de los escaparates brillaban resplandecientes en la atmósfera húmeda y este aire limpió las aceras mojadas, las luces de los faroles y de las tiendas; todo esto daba una impresión de vida amplia y hermosa.

—¡Qué imbéciles son!—dijo Prats.

—No; que no se quieren comprometer—replicó el Libertario—. Es natural. Cada uno defiende su posición. Quizás nosotros hiciéramos lo mismo. Lo que es interesante es el instinto anarquista que hay en todos los españoles.

—Sí; desgraciadamente es verdad—pensaba Manuel.

—Estas tentativas de unión fracasan siempre—dijo Prats—. Sólo en Barcelona, cuando funcionaba el Centro de Carreteros, y había allí reuniones secretas, se vió á la juventud radical burguesa ayudar á los anarquistas.

—Sí, es verdad—repuso el Libertario—; ese elemento radical burgués es el que mejor podría ayudarnos. Los ingenieros, los médicos, los químicos, todos esos van preparando la revolución social, como los aristócratas prepararon la revolución política.

Se despidieron.

—Salud, amigos—dijo el Libertario.

—¡Salud!

Manuel y Juan fueron á su casa.