Para el anarquista, el polizonte es un individuo listo como un demonio, que se disfraza y no se le conoce, que se cuela en la taberna y en el club, y que está siempre en acecho.

Para el polizonte, el que está siempre en acecho, el listo, el terrible, es el anarquista.

Todos suponen en el enemigo un poder y una energía extraordinarios.

¿Es por tontería, es por romanticismo ó solamente por darse un poco de importancia?

Es muy posible que por todas estas cosas juntas. Lo cierto es que al católico no se le puede convencer de que si las ideas anti-religiosas cunden no es por influencia de los masones ni de las logias, sino porque la gente empieza á discurrir; á los republicanos tampoco habrá nadie que les convenza de que la influencia jesuítica depende, no de la listeza ni de la penetración de los hijos de San Ignacio, sino de que la sociedad española actual es una sociedad de botarates y de mequetrefes dominados por beatas.

Los polizontes no pueden creer que los atentados anarquistas sean obras individuales, y buscan siempre el hilo del complot; y los anarquistas no pueden perder la idea de que son perseguidos en todos los momentos de su vida.

Los anarquistas padecen además la obsesión de la traición. En cualquier sitio donde se reúnan más de cinco anarquistas, hay casi siempre, según ellos, un confidente ó un traidor.

Muchas veces este traidor no es tal traidor, sino un pobre diablo á quien algún truchimán de la policía, haciéndose pasar por un dinamitero feroz, le saca todos los datos necesarios para meter en la cárcel á unos cuantos.

Al acercarse el período de la coronación, los periódicos por hablar de algo, dijeron que se preparaban á venir á Madrid policías extranjeros por si llegaban anarquistas con fines siniestros.

Al leer esto hubo un hombre que pensó que la tal noticia podía valer dinero. Este hombre no era un hombre vulgar, era Silvio Fernández Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol.