Entre los muchos Fernández más ó menos ilustres del mundo, Fernández Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol, era indudablemente el más conocido. No había más que preguntar por él en la acera del café Oriental, en cualquiera de esos clubs al aire libre que en la Puerta del Sol se forman junto á los urinarios; todo el mundo le conocía.
Trascanejo era un hombre alto y barbudo, con un sombrero blando de ala ancha á lo mosquetero que le cubría media cara, una chaqueta de alpaca en verano, un abrigo seboso en invierno, y en las dos estaciones una sonrisa suntuosa y un bastón.
Era un desarrapado que se las echaba de marqués.
—No me gustan los términos medios, ¿está usted?—decía—, ó voy hecho un andrajoso, ó elegante hasta el paroxismo.
El hombre de la Puerta del Sol vestía y calzaba indudablemente de prestado, y el que le prestaba las ropas debía ser más grueso que él porque siempre estaba holgado en ellas; pero en cambio el donador tenía el pie más pequeño, porque á Trascanejo los tacones le caían hacia la mitad de la planta del pie, con lo cual solía caminar á modo de bailarina.
Trascanejo no trabajaba, no había trabajado nunca. ¿Por qué?
Un sociólogo de estos que ahora se estilan me ha dicho en secreto que piensa escribir una memoria para demostrar casi científicamente, que el 80 al 90 por 100 de la golfería en España, literatos, cómicos, periodistas, políticos, etc., proviene en línea directa de los hidalguillos de las aldeas españolas en el siglo XVII y XVIII. La tendencia á la holganza, según el tal sociólogo, se ha transmitido pura é incólume de padres á hijos, y según él, la clase media española es una prolongación de esta caterva de hidalgos de gotera, hambrones y gangueros.
Trascanejo era hidalgo á cuatro vientos y por eso no trabajaba; su familia había tenido casa solariega y un escudo, con más cuarteles que Prusia, entre los cuales había un jefe que representaba tres conejos en campo de azur.
El hidalgo se pasaba el día en ese foro que tenemos en el centro de Madrid, al que llamamos la Puerta del Sol.
Siempre tenía este hombre, que era un pozo de embustes y de malicias, alguna noticia estupenda para solazar á sus amigos íntimos.