—Mañana se subleva la guarnición de Madrid—decía con gran misterio—. Tenga usted cuidado. Están comprometidos la Montaña, San Gil y algunos sargentos de los Docks. ¿Tiene usted un pitillo? Yo iré á la estación del Mediodía con los de los barrios bajos.
Este hombre, almacén de noticias falsas, que anunciaba revoluciones y pedía cigarros, tenía una vida interesante. Vivía con su novia, señorita ya vieja entre cuero y mojama, y la madre de ella, señora pensionista, viuda de un militar. Con la pensión y con lo que trabajaban las dos damas pasaban con cierta holgura y hasta tenían bastante para convidar á comer á Silvio á diario.
Cada día este hombre, de una imaginación volcánica, preparaba un nuevo embuste para explicar que no le hubiesen dado un cargo de gobernador ó de cosa parecida, y ellas le creían y tenían confianza en él. El hombre de la Puerta del Sol, que en la calle era el prototipo del hablar cínico, desvergonzado é insultante, en casa de su novia era un hombre delicado, tímido, que trataba á su prometida y á la madre de ella con un gran miramiento. Entre la señorita ya acartonada y el golfo callejero se había desarrollado desde hacía veinte años un amor platónico y puro. Algún beso en la mano, y una porción de cartas ya arrugadas, eran las únicas prendas cambiadas de su amor.
Silvio había cobrado algunas veces por servicios prestados á la policía, y la noticia de los posibles atentados anarquistas le puso en guardia.
—Hay un complot que explotar—se dijo—. Este complot está incubándose, en cuyo caso no hay más que descubrirlo, ó no hay nada pensado, y en este caso la cuestión está en organizarlo.
Trascanejo olfateó por dónde olía á anarquismo, y á los pocos días cayó en la taberna de Chaparro.
Habló con Juan.
—Si ustedes están dispuestos á ayudar, nada más que ayudar, tengo gente para dar el golpe. Contamos con Pepe el Pollero, con Matías, el cortador de la Plaza de la Cebada. No necesitamos más que una señal.
Se discutió por todos los socios, con gran misterio, si se tomaría parte en el complot.
Una tarde, al salir Manuel de la imprenta, se encontró con el Libertario.