Manuel no se hizo cargo de la cosa. Juan fué á su trabajo y Manuel á la imprenta.
A los siete ú ocho días llego otra carta, y una noche, antes de cenar, Juan salió de casa y se presentó con un hombre joven, afeitado, mal vestido.
—Es mi amigo Passalacqua—dijo Juan á Manuel cuando éste volvió de la imprenta—; le he conocido en París.
Manuel contempló con atención al amigo.
Era un muchacho afeitado, de tez pálida y aceitosa. Tenía la cabeza piriforme, la frente estrecha y unas greñas negras y ensortijadas que le caían en rizos, el cuello redondo, de mujer; los ojos azules claros, y los labios pálidos. Su aspecto era de un ser linfático y poltrón. Cenaron todos y como el italiano no sabía apenas español habló únicamente con Juan en francés. De vez en cuando se echaba á reir y entonces su cara estúpida se transformaba y tomaba un aspecto de ironía y de ferocidad.
Al terminar la cena, Juan quiso ceder el cuarto suyo á Passalacqua y dormir él en una butaca; pero el otro le contestó que no, que dormiría en el suelo, que estaba acostumbrado.
—Haced la cama arriba en el cuarto de Jesús—dijo Juan á la Ignacia y á la Salvadora—. Llevaron las dos mujeres un colchón y mantas al sobrado.
—Ya está la cama—dijo la Salvadora.
El italiano al despedirse estrechó la mano de Juan y de Manuel, cogió su maleta y subió las escaleras hasta el cuarto de la guardilla. Luego tomó el candelero con un cabo de vela de manos de la Ignacia.
—¿Tiene llave este cuarto?—preguntó.