—No se despertará. Viene muy cansado.

Pasada una hora salieron á la escalera, y subieron los dos despacio. Acercaron el oído á la puerta del desván. Se oía la respiración lenta del hombre que dormía.

—Yo sé dónde ha dejado la maleta—dijo la Salvadora—; á tientas estoy segura de cogerla; empujó la puerta, que rechinó suavemente, entró en el desván y salió al instante con la maleta en la mano.

Bajaron los dos al comedor sin hacer el menor ruido y pusieron la maleta encima de la mesa. Estaba cerrada y bien cerrada. Manuel cogió un cuchillo y, forcejeando, la descerrajó.

Sacaron un manojo de ropa; luego folletos, y de enmedio una cosa dura envuelta en periódicos. Por el peso comprendieron que era algo terrible. Se quedaron pálidos, horrorizados. Destaparon el bulto. Era una caja de metal, cuadrada, de un palmo de alta, reforzada con alambres y con una asa de cuerdas.

—¿Qué hacemos con esto?—se preguntó Manuel, perplejo. No se atrevían á tocarlo.

—¿Por qué no llamas á Perico?—dijo la Salvadora.

Bajó Manuel de puntillas la escalera. El electricista estaba todavía en el taller. Le llamó y le contó lo que pasaba.

—Vamos á ver eso—dijo Perico al oir la relación de Manuel—. Subieron los dos despacio, sin hablarse y contemplaron el aparato.

—¡Ah, ya comprendo lo que es!—dijo Perico—. Esto—y señaló un tubito de cristal que salía por enmedio de la caja y que estaba lleno de un líquido amarillento—debe tener un ácido. Si se quiere que estalle la máquina, se le da vuelta, el ácido corroe este corcho, lo que da tiempo al que pone la bomba de escapar; luego entra el ácido dentro y provoca la explosión. Si llegáis á dar vuelta á la caja, creo que á estas fechas ya no lo podríais contar.