—Aquí queda algo dentro—murmuró Perico—. Metió la punta de una tijera en la lata y la fué abriendo.

Había pedazos de hierro retorcidos, y en el sitio de donde partía el tubo de cristal lleno de ácido había una cajita pequeña hecha con dos naipes y llena de polvos blancos, que olían á almendras amargas.

Lavaron la caja y tiraron los trozos de hierro por el sumidero del patio.

Terminada la operación, subieron de nuevo. La Salvadora había separado las ropas, los papeles encontrados en la maleta y un cuchillo largo, de cocina, con su vaina. Este cuchillo tenía un mango de madera pintado de rojo adornado con los nombres de todos los anarquistas célebres, y en medio de todos ellos se leía: Germinal. Fueron mirando uno á uno los papeles. Había proclamas impresas, recortes de periódicos, grabados y notas manuscritas. En uno de los papeles estaba el dibujo de la bomba. Perico lo cogió para verlo. Por lo que señalaba el papel en el compartimiento pequeño, hecho con dos naipes, lleno de polvos con olor á almendras amargas, había una mezcla de bicromato, permanganato y clorato potásicos empapados en nitrobencina. En el tubito había ácido sulfúrico, y el resto estaba lleno de dinamita y de pólvora cloratada.

—Yo voy á quemar todos estos papeles—dijo Manuel.

Hicieron fuego en la cocina y echaron los periódicos, y sobre ellos el cuchillo. Cuando se carbonizó el mango, bajó Manuel el cuchillo al patio y lo metió en la tierra. Rebolledo, el jorobado, que había notado los pasos por la escalera, se levantó á ver lo que ocurría.

—¿Qué pasa?—dijo en alta voz.

Le hicieron enmudecer y le enteraron de lo ocurrido.

—¿Qué hay?—dijo Juan desde su cuarto, que al ruido se había alarmado.

—Nada—le contestó la Salvadora—. Perico que ha perdido la llave.