—Registradle á Juan por si acaso—dijo el jorobado—no tenga alguna carta que le comprometa.

—Es verdad—dijo Manuel—. ¡Qué torpes hemos estado! Precisamente hace unos días ha recibido dos cartas.

Entró la Salvadora como á dar nuevas explicaciones al enfermo y volvió con la chaqueta y el gabán de Juan. Allí estaban las dos cartas, una de ellas horriblemente comprometedora, pues se hablaba claramente de un complot. Se registraron las ropas de Juan y se quemaron todos los papeles.

—Yo creo que ahora podéis estar tranquilos—dijo Rebolledo—. ¡Ah!, una cosa. Cuando venga la policía, que vendrá por lo que decís, si no traen los agentes auto del juez, preguntarán si les dejáis entrar, y les contestáis que sí, pero que vengan con dos testigos. En el mismo momento advertirle á Juan y decirle lo que habéis hecho, pero que no tenga tiempo de advertir nada al otro.

Pasaron la noche la Salvadora y Manuel en el comedor con una gran inquietud. Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su cerebro, Manuel sentía que todas sus ideas anarquistas se desmoronaban y sus instintos de hombre normal volvían de nuevo. La idea de un aparato así calculado fríamente le sublevaba. Nada podía legitimar la mortandad que aquello podía producir. ¡Cómo Juan podía intervenir en un proyecto tan salvaje! ¡El, tan exageradamente bueno y humano! Es verdad, como había dicho Prats una vez, que en la guerra se bombardeaban pueblos enteros y se sembraba la muerte por todas partes; pero en la guerra había una presión nacional sobre los ejércitos que combatían, había además una disgregación de la responsabilidad; cada uno hacía lo que le mandaban, y no podía hacer otra cosa, á riesgo de ser fusilado; pero en el caso de los anarquistas era distinto; no había fuerza que les impulsara á cometer el crimen; al contrario, todo conspiraba para que no lo cometiesen... y, sin embargo, ellos iban llevados por un bárbaro fanatismo, salvando todos los obstáculos, á sembrar la muerte entre infelices.

A la hora de costumbre Manuel salió de casa; no había dado la vuelta á la calle de Magallanes cuando dos hombres le detuvieron.

—¿Es usted Manuel Alcázar?

—Servidor de usted.

—Queda usted detenido.

—Está bien.