—Tengo entendido—le dijo el juez—que es usted un anarquista peligroso.
—¿Yo?, no señor, no soy anarquista.
—Entonces, el agitador es un hermano de usted.
—Mi hermano es anarquista, pero no de acción.
—Su hermano es escultor, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Y un escultor notable. ¡Cómo no influye usted para que abandone esas ideas!
—Si pudiera, crea usted que lo haría; pero no tengo influencia para eso. El ha estudiado y ha visto más que yo.
—Pues siento que su hermano se haya metido en un mal negocio. ¿Cuándo recibió su hermano las cartas de Passalacqua?
—¿Qué cartas?—preguntó cándidamente Manuel.