Volvió de prisa á su casa. La Salvadora estaba sonriendo. Contó la escena entera. Juan había quedado asombrado al ver que en la maleta no había bombas ni cuchillo, ni folletos.
Passalacqua, al ser registrado por los agentes, no había dicho esta boca es mía; los policías lo registraron todo y se llevaron unos libros de Juan.
Después del registro habían detenido al italiano como indocumentado y á Juan le habían dejado libre.
Por la noche los periódicos hablaron del registro llevado á cabo en casa de Manuel. Lo consideraban como una plancha de la policía.
Passalacqua había declarado que efectivamente era anarquista, pero no anarquista de acción y que venía á España á buscar trabajo.
Había indicios para creer que no se llamaba Passalacqua, sino Butti, y que estaba reclamado por la policía italiana. Venía de América, en donde había estado preso por varios robos. El gobierno decretaría inmediatamente su expulsión.
Por la noche, al volver Manuel de la imprenta, se encontró con Juan.
—¿Pero cómo es posible que hayas tomado parte en un proyecto tan estúpido?—le preguntó.
—Es necesario; hay que hacer la revolución; hay que sacrificarse por ella.
—Pero es imbécil; ¿qué íbais á adelantar con eso?