—¿Qué? Hacer saltar este armazón social, este conglomerado de iniquidades á fuerzas de bombas. Hay que barrer todo lo que queda de esta sociedad podrida.

—En nombre del bienestar de todos, ¿eh?

—Tú lo has dicho—contestó Juan.

—Y en nombre del derecho á la vida de los que han de vivir, vais á matar al niño y al viejo y á la mujer... que ya viven.

—Es necesario—replicó Juan con voz sombría.

—¡Ah! ¡es necesario!

—Sí. El cirujano que amputa un miembro gangrenado tiene que cortar carne sana.

—Y tú, libertario—repuso Manuel—tú que crees que el derecho de vivir de un hombre está por encima de todo, tú que no aceptas que uno evite la fatiga y haga trabajar á otro, aceptas que un inocente tenga que sacrificar su vida para que los hombres de mañana vivan bien. Pues yo te digo que eso es imbécil y es monstruoso. Y si á mí me dijeran que la felicidad de la humanidad entera se podría conseguir con el lloro de un niño, y eso estuviera en mi mano, yo te digo que no le haría llorar á un niño, aunque todos los hombres del mundo se me pusieran de rodillas...

—Y harías bien—murmuró Juan—. Por los niños, por las mujeres, por los débiles, nosotros trabajamos. Y por ellos hay que destruir la sociedad actual basada en la iniquidad, por ellos hay que cauterizar brutalmente la llaga social.

Para Juan en su exaltación todos los caminos, todos los procedimientos eran buenos, con tal de que trajeran la revolución soñada. Esta sería la aurora de un nuevo día, la aurora de la justicia, el clamor del pueblo entero, durante tantos años vejado, martirizado, explotado, reducido á la miserable situación de bestia de carga. Sería una aurora sangrienta en donde á la luz de los incendios crujiría el viejo edificio social sustentado en la ignominia y en el privilegio, y no quedaría de él ni ruinas, ni cenizas, y sólo un recuerdo de desprecio por la vida abyecta de nuestros miserables días.