—No tan bien como yo quisiera; no le voy á poder devolver el dinero tan pronto como creía.
—No importa. Cuando puedas. ¿Qué te pasa? ¿No marcha el negocio?
—Sí, va muy despacio; pero me matan los obreros socialistas.
—Sí. Está uno atado de pies y manos. Las sociedades hacen ya en todos los oficios lo que quieren, ¡con un despotismo! Uno no puede tener los obreros que se le antoje, sino los que ellos quieran. Y se ha de trabajar de esta manera, y se ha de despachar á éste, y se ha de tomar al otro... Es una tiranía horrible.
—Y con esto, tu tendencia anarquista se habrá aumentado.
—Claro que sí. Porque si hay que hacer la revolución social, que la hagan de una vez; pero que le dejen á uno vivir... ¿Quiere usted subir un rato, don Roberto?
—Bueno.
Subieron los dos y pasaron al comedor. Roberto saludó á la Salvadora.
—¿Tomará usted café, don Roberto? ¿eh?—le preguntó Manuel.