—Sí.
Le trajeron una taza de café.
—¿Tu hermano es también anarquista?—preguntó Roberto.
—Mucho más que yo.
—Usted debe curarles de ese anarquismo—dijo Roberto á la Salvadora.
—¿Yo?—preguntó ella ruborizándose.
—Sí, usted; que seguramente tiene más buen sentido que Manuel. Al artista no le conozco. A éste sí, desde hace tiempo, y sé cómo es: muy buen chico; pero sin voluntad, sin energía. Y no comprende que la energía es lo más grande; es como la nieve del Guadarrama, que sólo brilla en lo alto. También la bondad y la ternura son hermosas; pero son condiciones inferiores, de almas humildes.
—Y si yo soy humilde, ¿qué le voy á hacer?
—¿Ve usted?—replicó Roberto dirigiéndose á la Salvadora—. Este chico no tiene soberbia. Luego es un romántico, se deja arrastrar por ideas generosas; quiere reformar la sociedad...
—No me venga usted con bromas. Yo ya sé que no puedo reformar nada.