—Sí, en eso tiene usted razón—dijo Roberto—. Es el aspecto más repugnante de nuestra sociedad ese, el que se encarnice con los débiles, con las mujeres, con los niños, y que, en cambio, respete todas las formas de la bravuconería y todas las formas del poder.
—Yo, cuando leo esos crímenes—siguió diciendo la Salvadora—en que los hombres matan á una mujer, y luego se les perdona, porque han llorado, me da una ira.
—Sí, ¿qué quiere usted? Es el jurado, sentimental, que va á la Audiencia como quien va al teatro. Así le condenan á veinte años de presidio á un falsificador y dejan libre á un asesino.
—¿Y por qué las mujeres no habían de ser jurados?—preguntó la Salvadora.
—Sería peor; se mostrarían seguramente más crueles para ellas mismas.
—¿Cree usted?
—Para mí es seguro.
—La pena debía ser—dijo Manuel—menor para la mujer que para el hombre; menor para el que no sabe que para el que sabe.
—A mí me parece lo mismo—añadió la Salvadora.
—Y á mí también—repuso Roberto.