—Eso es lo que debía modificarse—siguió diciendo Manuel—; las leyes, el Código. Porque eso de que haya república ó monarquía ó congreso, bastante nos importa á nosotros. ¿Por qué, por ejemplo, han de poner en el Registo civil si un niño es legítimo ó no? Que le apunten y nada más.
—Pues eso se va consiguiendo poco á poco—replicó Roberto—. Se van haciendo liquidaciones parciales, y las leyes cambian. En España todavía no; pero vendrán esas modificaciones y vendrán mejor ¡créelo! si hay una voluntad fuerte, un poder audaz encargado de dominar el desconcierto de los egoísmos y de los apetitos.
—Pero eso sería el despotismo.
—Sí; el despotismo ilustrado. Para mí la autoridad es mejor que la ley. La ley es rígida, estable, sin matiz; la autoridad puede ser más oportuna, y en el fondo más justa.
—Pero obedecer á un hombre es horrible.
—Yo prefiero obedecer á un tirano que á una muchedumbre; prefiero obedecer á la muchedumbre que á un dogma. La tiranía de las ideas y de las masas es para mí la más repulsiva.
—¿No cree usted en la democracia?
—No; la democracia es el principio de una sociedad, no el fin; es como un solar lleno de piedras de un edificio derruido. Pero este estado es transitorio. Lentamente se va edificando, y cada cosa toma su lugar, no el antiguo, sino otro nuevo.
—¿Y siempre habrá piedras altas y piedras bajas?
—Seguramente.