—¿Pero usted no cree que con una medida enérgica podía cambiarse radicalmente la forma de la sociedad?
—No. Es más, creo que no hay actualmente, ni aun pensada siquiera, una reforma tan radical que pueda cambiar las condiciones de la vida moderna en su esencia. Respecto al pensamiento, imposible. Se destruye un prejuicio; nace en seguida otro. No se puede vivir sin ellos.
—¿Por qué no?
—¿Quién va á vivir sin afirmar nada por el temor de engañarse esperando la síntesis última? No es posible. Se necesita alguna mentira para vivir. La República, la Anarquía, el Socialismo, la Religión, el Amor... cualquier cosa, la cuestión es engañarse. En el terreno de los hechos no hay tampoco solución. Que venga la anarquía, que no vendrá, porque no puede venir; pero bueno, supón que venga y tras ella una repartición pacífica y equitativa de la tierra y que esta repartición no traiga conflictos ni luchas... Al cabo de algún tiempo de cultivo intensivo, de fecundidad, ya está el problema de las subsistencias y la lucha por la vida en circunstancias más duras, más horrorosas que ahora.
—¿Y qué remedio habrá entonces?
—Remedio, ninguno. El remedio está en la misma lucha; el remedio está en hacer que la sociedad se rija por las leyes naturales de la concurrencia. Lo que en castellano quiere decir: «Que á quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga». Y para esto, lo mejor sería echar todos los estorbos; quitar la herencia, quitar toda protección comercial, todo arancel; romper con las reglamentaciones del matrimonio y de la familia; quitar la reglamentación del trabajo; quitar la religión del Estado; que todo se rija por la libre concurrencia.
—¿Y los débiles?—preguntó Manuel.
—A los débiles se les llevará á los asilos para que no molesten, y si no se puede, que se mueran.
—Pero eso es cruel.
—Es cruel, pero es natural. Para que pueda perpetuarse una raza es preciso que gran número de individuos mueran.