—¿Y los criminales?
—Exterminarlos.
—Eso es feroz. Es usted muy duro, muy pesimista.
—No. Eso de pesimismo y optimismo no son más que fórmulas vacías, absolutamente artificiales. ¿Que el dolor está mezclado á nuestra vida en mayor cantidad que el placer ó al contrario? Eso no lo puede calcular nadie ni importa tampoco el calcularlo. ¡Créeme! En el fondo no hay más que un remedio y un remedio individual: la acción. Todos los animales, y el hombre no es más que uno de ellos, se encuentran en un estado permanente de lucha; el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo disputas á los demás; ellos te lo disputan á ti. Ya que nuestra ley es la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida dinámica; este es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por qué? Por cualquier cosa.
—Pero no todos están á bastante altura para luchar—dijo Manuel.
—El motivo es lo de menos. El acontecimiento está dentro de uno mismo. La cuestión es poner en juego el fondo de la voluntad, el instinto guerrero que tiene todo hombre.
—Yo no lo siento, la verdad.
—Sí, tus instintos se funden en un sentimiento de piedad para los demás; ¿no es verdad? No sientes el egoísmo fiero... Estás perdido.
Manuel se echó á reir.
Pasó Juan por el corredor.