—Este muchacho está mal—dijo Roberto—. Debía marcharse de Madrid; al campo.

—Pero no quiere.

—¿Trabaja mucho ahora?

—No; preocupado con esas cosas de anarquía, no hace nada.

—¡Qué lástima!

Se levantó Roberto y se despidió de la Salvadora muy afectuosamente.

—Crea usted que le envidio á Manuel—la dijo.

La Salvadora sonrió.

Manuel acompañó á Roberto á la puerta.

—¿Sabes quién me persigue todos los días?