—Sí.

—He hablado con mi mujer y con mi suegra de ti, las he enterado de cómo vivías; las he hecho un retrato de la Salvadora y se han alegrado mucho al saber que estabas bien y las dos me han dicho que en recuerdo de su amistad te quedes tú solo con la imprenta.

—Pero eso no puede ser.

—¡No ha de poder ser! Aquí tienes la escritura de venta. Guárdala.

—¡Pero es mucho dinero!

—¡Quia, hombre; qué ha de ser mucho dinero! Oye ahora un consejo. Cásate cuanto antes con esa muchacha. ¡Adiós!

Y Roberto cogió la mano de Manuel, se la estrechó afectuosamente y bajó las escaleras; luego, desde el portal, exclamó:

—¡Ah! Hay una advertencia; si al primer chico que tengas le llamas Roberto, vendré desde Inglaterra á ser su padrino.

Manuel, sin salir aún de su asombro, volvió al comedor, al lado de la Salvadora.

—Me ha regalado la imprenta—dijo.