—¡Eh!

—Sí. Esta es la escritura. Ya no tienes necesidad de trabajar tanto, ni de ahorrar. ¿Es un barbián mi amigo, verdad?

—Sí; es muy simpático.

—Y generoso.

—Debe serlo.

—Y enérgico, ¿verdad?

—Sí.

De pronto Manuel, con aire cómicamente desolado, dijo:

—¿Sabes que estoy celoso?

—¡Celoso! ¿De quién?