—De Roberto.

—¿Por qué?

—Porque le has oído con admiración.

—Es verdad—replicó burlonamente la Salvadora.

—¿Y á mí no me admiras?

—Ni pizca. Tú no eres tan enérgico...

—Ni tan guapo, ¡eh!...

—Es verdad.

—Ni tan listo...

—Claro que no.