—¿Por qué?
—Porque le has oído con admiración.
—Es verdad—replicó burlonamente la Salvadora.
—¿Y á mí no me admiras?
—Ni pizca. Tú no eres tan enérgico...
—Ni tan guapo, ¡eh!...
—Es verdad.
—Ni tan listo...
—Claro que no.
—¿Por qué?
—Porque le has oído con admiración.
—Es verdad—replicó burlonamente la Salvadora.
—¿Y á mí no me admiras?
—Ni pizca. Tú no eres tan enérgico...
—Ni tan guapo, ¡eh!...
—Es verdad.
—Ni tan listo...
—Claro que no.