—¿Y dices que me quieres?
—Te quiero, porque tengo mal gusto; te quiero así, brutito, feo, poco enérgico.
—Entonces... déjame que te bese.
—No; cuando estemos casados.
—¿Y qué necesidad hay de esa farsa?
—Sí; por los hijos.
—¡Ah! ¿Tú quieres que tengamos hijos?
—Sí.
—¿Muchos?
—Sí.