—¿Y no te da miedo tener muchos hijos?
—No; para eso somos las mujeres.
—Entonces tengo que besarte; no hay más remedio. Te besaré con respeto; ¿no quieres? Te besaré como á una santa. ¿No te convences tampoco? Te besaré como si besara la bandera roja, ¿sabes?
La Salvadora vaciló y presentó la mejilla; pero Manuel la besó en los labios.
CAPÍTULO VIII
La Coronación.—Las que encarecen los garbanzos. El final del señor Canuto.
No se varió nada en la casa con el matrimonio, que se celebró sin ceremonias de ninguna clase. Manuel estaba resplandeciente. El estado de Juan era lo que turbaba su felicidad; le veía siempre inquieto, febril. De noche, soñando, hablaba á gritos, y tosía continuamente hasta romperse el pecho. Ya no tomaba las medicinas ni hacía caso de las prescripciones del médico; salía á todas horas, bebía aguardiente para excitarse algo y se reunía con los amigos en la taberna de Chaparro.
Mientas tanto, Silvio Fernández Trascanejo maniobraba á sus anchas. Se había ganado la confianza de todos los socios de la Aurora, y les había hecho creer que había una conjuración revolucionaria terrible para el día de la Coronación.
—Con que uno dé la señal—decía Trascanejo—, yo me echo al centro con la gente de barrios bajos.
El más convencido de todos era Juan.