—La cosa está ya hecha—le dijo el Madrileño á Manuel una vez—. Ahora se va á batir el cobre bien. Hay además setenta y dos compañeros que han venido á Madrid. Están perseguidos de cerca por la policía española y extranjera; pero no saben dónde se encuentran. Hemos recibido instrucciones de Londres; nos pondremos á lo largo de la carrera á esperar. Si podemos coger al rey vivo, mejor.

Juan estaba febril, deseando que llegara el momento; sus nervios, en constante tensión, no le dejaban reposar un instante. Estaba dispuesto á sacrificarse por la causa. Además, y esto le perdía, veía el acontecimiento en artista. Veía la brillante comitiva de reyes, de príncipes, de embajadores, de grandes damas, pasando por en medio de las bayonetas, y se veía á él avanzando, deteniendo la comitiva con el grito estridente de ¡Viva la Anarquía!

La noche antes del día de la fiesta, Juan no apareció por la casa. Manuel fué á la Aurora por ver si le encontraba.

Estaban allá el Inglés, Prats, el Madrileño y Silvio, que peroraba. No le habían visto á Juan. En esto entró el Libertario, se acercó á Silvio, le agarró de la solapa, y le dijo:

—Usted es un soplón y un polizonte. ¡Hala! Fuera de aquí.

Quedaron todos extrañados. Silvio, que estaba sentado, se levantó dignamente; recibió también dignamente un puntapié certero que le arreó el Inglés, el del juego de bolos. Al llegar á la puerta de la taberna, el hombre de los tres conejos en campo de azur se sintió hidalgo, recordó su apellido, se volvió, hizo un corte de mangas á todos y echó á correr por el paseo de Areneros como un huracán, llevándose una mano á atrás y otra al sombrero, sin duda para que no se lo llevara el aire.

—¿Era un polizonte?—dijeron Prats y el Madrileño asombrados.

—Sí.

—¿Y todo lo que nos ha contado es mentira?

—Y tan mentira.