Al día siguiente no había venido Juan, y Manuel salió de casa. La Salvadora quedo cosiendo, desazonada.

Era un día de Mayo esplendoroso; un cielo azul; una tarde de oro. La luz intensa, cegadora, vibraba llameante en las colgaduras amarillas y rojas, en las banderas, en los gallardetes, en los farolillos de las iluminaciones.

Hormigueaba la gente por las calles. En los balcones y en las ventanas, en las cornisas y los tejados, en las tiendas y en los portales, se amontonaban los curiosos. El sol reía en los trajes claros de las mujeres, en los sombreros vistosos, en las sombrillas rojas y blancas, en los abanicos que aleteaban como mariposas, y bajo el cielo azul de Prusia todo palpitaba y refulgía y temblaba á la luz del sol con una vibración de llama.

Manuel fué husmeando por entre la multitud; á veces el gentío lo llevaba á un lado y tenía que estarse en la esquina de una calle quieto durante algún tiempo.

Un temblor le iba y otro le venía, pensando que á cada momento podía oir una explosión. Por fin se hizo la masa menos compacta y Manuel pudo avanzar; la gente iba hacia la Carrera de San Jerónimo.

—¿Ha pasado algo?—dijo Manuel á un municipal.

—No.

—¿Por qué va la gente hacia allá?

—Para ver otra vez al rey.

—¿Tiene que volver á pasar por aquí?