—Sí.
Manuel avanzó hasta ponerse en primera fila, cerca de los soldados, en la calle Mayor. Miró á todas partes por si veía á Juan ó alguno de los compañeros. No vió á nadie.
No tardó mucho en estar la comitiva de vuelta. A la entrada de la Carrera de San Jerónimo se veía avanzar la tropa de jinetes que abría el paso.
La muchedumbre, mal contenida por los guardias civiles, avanzaba en oleadas; pasaban por entre los caballos, hombres y mujeres congestionados, rojos, sudando. Los soldados que formaban la carrera, hacían retroceder á la gente con la culata de sus fusiles.
Comenzó á pasar la comitiva por entre las filas de soldados y los cuchillos del maüser, que refulgían al sol; aparecieron los palafreneros á caballo, abriendo la marcha, con sus trajes vistosos, de casaca, media blanca y sombrero de tres candiles; luego siguieron varios coches, de concha y de laca pintados y dorados, con sus postillones á la grupa y sus lacayos tiesos, empelucados, llenos de galones, y los caballos hermosos, de movimientos petulantes, con penachos blancos y amarillos. Después de estos coches de respeto, pasaron otros también dorados, ocupados por señoras ajadas, adornadas con diademas, con el traje cubierto por montones de perlas, acompañadas por hombres de aire insignificante, enfundados en uniformes vistosos, con el pecho lleno de cruces y de placas.
—¿Quiénes son?—preguntó Manuel.
—Serán diputados ó senadores.
—No—repuso otro—; éstos son mayordomos de Palacio. Criados elegantes.
Dos viejas gordas sudorosas, vociferando, peleándose con la gente, llegaron hasta ponerse en primera fila.
—Ahora veremos bien—dijo una de ellas.