—Parece que tienen cara de no haberse desayunado nunca. ¿Verdad, usted?—preguntó el aprendiz en serio.

—Ya vienen, ya vienen.

Se estrechó más la gente. Manuel tembló. Pasaron las infantas en sus coches con los caballerizos á los lados; luego los príncipes de Asturias.

—¡Ahí va Caserta!—se oyó decir.

Luego del coche de los príncipes, vino otro vacío, después unos cuantos soldados de la Escolta Real y el rey, la reina y una infanta.

El rey saludaba militarmente, hundido en el coche, con el aire fatigado é inexpresivo.

La regente, rígida, miraba á la multitud con indiferencia, y sólo en los ojos de la infanta, de tez morena, había un relámpago de vida y de alegría.

—Qué delgado está.

—Parece enfermo—se oía decir á un lado y á otro.

Pasó todo el cortejo; la masa de gente se hizo más permeable. Manuel pudo acercarse á la esquina de la calle Mayor y en ella se encontró con el señor Canuto. Por el brillo de las mejillas le pareció que debía estar borracho.