—¿Qué hay?—le dijo Manuel—. ¿De donde viene usted?
—De Barcelona.
—¿Ha visto usted á Juan?
—Ahí está en la calle Mayor.
—¿No ha pasado nada?
—¿Te parece poco? Se ha acabado el reinado de María Cristina—dijo el señor Canuto en voz alta—. Esta buena señora tendrá muchas virtudes; pero lo que es suerte, no nos ha dado muy buena á los españoles. ¡Vaya un reinado! Miles de hombres muertos en Cuba, miles de hombres muertos en Filipinas, hombres atormentados en Montjuich, inocentes como Rizal fusilados, el pueblo muriéndose de hambre. Por todas partes sangre... miseria... ¡Vaya un reinado!
Manuel abandonó al señor Canuto en su peroración y se dirigió á la esquina de la calle Mayor.
Juan estaba pálido y sin fuerzas, formando un grupo con Prats, Caruty y el Madrileño.
Estos dos últimos borrachos gritaban y escandalizaban.
—Vamos, tú—le dijo Manuel á Juan—. Esto se ha terminado.