Volvieron todos por la Puerta del Sol y se encontraron con el Libertario y con el señor Canuto.

—¿No decía yo que no pasaría nada?—dijo el Libertario sarcásticamente. Yo no sé qué ilusiones os habíais hecho vosotros. Nada. Los terribles revolucionarios que iban á pedir cuenta al gobierno de los miles de hombres sacrificados en Cuba y en Filipinas para sostener la Monarquía, modelos de corrección y de sensatez, se han marchado de Madrid á derrochar su oratoria fanfarrona por los rincones de provincias. Nada. Esto es la sociedad española; este desfile de cosas nuestras ante la indiferencia de un pueblo de eunucos.

El Libertario tenía una exaltación fría.

—Aquí no hay nada—siguió diciendo burlonamente—; esto es una raza podrida; esto no es pueblo; aquí no hay vicios ni virtudes, ni pasiones; aquí todo es m...—y repitió la palabra dos ó tres veces.—Política, religión, arte, anarquistas, m... Puede ese niño abatido y triste recorrer su ciudad. Lo puede hacer y puede andar si quiere á latigazos con esta morralla. Ese rebaño de imbéciles no se incomodará.

—¡Tienes razón!—exclamó el señor Canuto.

En esto cruzó la Puerta del Sol, entre la gente, un batallón. Sonaban estrepitosamente los tambores, brillaban las bayonetas y los sables. Al llegar frente á la calle del Arenal la banda comenzó á tocar un paso doble.

Se pararon.

—Aquí está la mili, como siempre, haciendo la pascua—dijo el señor Canuto.

Al pasar la bandera los soldados se cuadraban; el teniente decía: ¡Firmes! y saludaba con el sable.

—El trapo glorioso—exclamó alto el señor Canuto—; el símbolo del despotismo y de la tiranía.