—Quítese usted el sombrero.
—He dicho que no me da la gana.
El teniente levantó el sable.
—¡Eh, guardias!—gritó—. ¡Prendedle!
Un hombre bajito, de la policía secreta, se echó sobre el señor Canuto.
—¡Muera el ejército! ¡Viva la Revolución social! ¡Viva la Anarquía!—gritó el viejo temblando de emoción y levantando el brazo en el aire.
Luego ya no se le vió; desapareció entre la multitud; unos polizontes se arrojaron sobre él; los guardias civiles metieron sus caballos entre la gente... Juan intentó ir en socorro del viejo; pero le faltaron las fuerzas, y se hubiera caído si no le hubiera agarrado Manuel. Este fué sosteniéndole hasta sacarle de en medio del gentío. Pasaron entre los caballos y los coches amontonados en la Puerta del Sol. Juan iba poniéndose muy pálido.
—Ten fuerza un momento, ya vamos á salir—le decía Manuel.
Llegaron á la acera y tomaron un coche. Cuando pararon delante de casa en la calle de Magallanes, Juan estaba desmayado y tenía las ropas llenas de sangre.