Se marchó el médico, se tranquilizó Juan, y pasó toda la noche durmiendo, con un sueño tranquilo. A veces su respiración se hacía bronca y sibilante; otras, de su pecho salía un gorgoteo, como el del agua al salir de una botella. Pasaban minutos en que parecía que ya no alentaba, hasta que un suspiro profundo normalizaba de nuevo la respiración.
La Salvadora y Manuel pasaron toda la noche en el cuarto, observando al enfermo.
Por la mañana la Ignacia salió de casa á oir misa.
—Vete tú también á la imprenta—dijo la Salvadora á Manuel—; si pasa algo, ya te avisaré.
Al volver de la calle la Ignacia, dijo con cierto misterio á la Salvadora:
—¿Se ha marchado Manuel?
—Sí.
—Me alegro.
—¿Por qué?
—Porque he avisado un cura para que confiese á Juan. El pobre lo está deseando. ¡Como ha sido seminarista! Pero no se atreve á pedirlo.