Quedó la Salvadora azorada con la noticia.

—¿Pero sabes tú si él querrá confesarse?—preguntó.

—Sí, ya lo creo. Se lo diremos nosotras.

—Yo no, yo no se lo digo.

—Pues se lo diré yo. Y la Ignacia se acercó á la cama.

—No, no le despiertes.

—Déjame.

En aquel momento sonó la campanilla de la casa.

—Aquí está—dijo la Ignacia.

Al ruido de abrir y cerrar la puerta, Juan abrió los ojos, y al ver á la Salvadora sonrió.