—Siento una gran debilidad, pero estoy muy á gusto. ¿He dormido mucho rato?—preguntó.
—Sí, todo el día. Nos has dado un susto grande—balbuceó la Salvadora—, y la Ignacia, como es así, ha llamado á un cura, y está ahí.
El rostro de Juan se demudó:
—¿Está ahí?—preguntó intranquilo.
—Sí.
—No le dejes entrar. Defíendeme, hermana mía. Quieren turbar mis últimos momentos. Defíendeme. Y Juan buscó la mano de la Salvadora.
—No tengas cuidado—dijo ella—. Si no quieres, no entrará.
—No, no, nunca.
—Espera un momento, le voy á decir que se vaya.
Salió la Salvadora al comedor. Un cura, alto, flaco, huesudo, con una sotana raida, paseaba de arriba á abajo.