—Permítame usted, señor cura—le dijo la Salvadora.
—¿Qué quieres, hija mía?
—Mire usted, señor cura, mi cuñado nos ha dado un susto grande. Creíamos que se iba á morir; por eso su hermana le ha avisado á usted; pero ahora ya ha pasado el peligro y no queremos asustarle.
—¿Asustarle?—repuso el cura—no, al revés; se tranquilizará.
—Es que ha tomado hace poco una medicina y está entontecido.
—No importa, no importa; me han dicho que es un chico muy bueno, pero de ideas avanzadas, antirreligiosas; además, ha sido seminarista y es necesario que se retracte. Y el cura trató de pasar á la alcoba.
—No entre usted, señor cura—murmuró la Salvadora.
—Mi obligación es salvar su alma, hija mía.
—Entonces espere usted un momento; yo le hablaré de nuevo—replicó ella—. Y entrando en la alcoba cerró la puerta con llave.
—¿Se ha marchado?—la preguntó Juan débilmente.