—Sí.
—Defiéndeme, hermana mía—gimió el enfermo—, que no entre nadie más que mis amigos.
—Nadie entrará—repuso ella.
—¡Gracias! ¡gracias!—murmuró él—y volviéndose de lado añadió—: Voy á seguir con mi sueño.
De cuando en cuando la Ignacia, con voz imperiosa, llamaba á la puerta de la alcoba, pero Juan apenas oía y la Salvadora no contestaba.
—Si vieras—murmuró el enfermo—las cosas que he soñado esta noche. ¡Oh qué sueños tan hermosos!
En esto se oyó un murmullo de voces; luego llamaron más fuerte á la puerta de la alcoba.
—Abre, Salvadora—dijo la voz de Manuel.
Abrió ella y Manuel entró de puntillas en el cuarto.
—Ya se ha marchado—advirtió en voz baja.