—Tu mujer es una mujer valiente—murmuró sonriendo Juan—; le ha despedido al cura que venía á confesarme.
Juan tendió una mano á la Salvadora y otra á Manuel.
—Nunca he sido tan feliz—dijo—. Parece que la proximidad de la muerte ha de ser terrible, ¿verdad? Pues yo la veo venir como una cosa tan vaga, tan dulce...
Durante todo el día Juan estuvo hablando con sus hermanos, de la infancia, de sus ideas, de sus sueños...
Los Rebolledos estaban en el comedor por si se ofrecía algo.
Al anochecer se oyó una aldabada discreta, se cerró recatadamente la puerta y alguien subió salvando de dos en dos los escalones. Era el Libertario que venía á enterarse de lo que pasaba. Al saber el estado de Juan, hizo un ademán de desesperación.
Contó que el señor Canuto estaba en el hospital gravísimo. Le habían dado sablazos en la cabeza y en la espalda. Tenía una conmoción cerebral y probablemente moriría.
—¿Va usted á entrar á ver á Juan?—le preguntó Perico Rebolledo.
—No, voy á avisar á los amigos y luego volveré.
Salió el Libertario corriendo y al poco rato volvió acompañado de Prats, del Bolo y del Madrileño.