Pasaron los cuatro á la alcoba. Juan estaba cansado de hablar y sentía una gran debilidad. Alargó la mano á los amigos, y murmuró:

—Ahora estoy soñando cosas hermosas, muy hermosas. Adiós, compañeros. Yo he cumplido mi misión, ¿verdad?... seguid trabajando. Ahí os dejo mis papeles... Si creéis que son útiles para la idea, publicadlos... ¡Adiós!

Se quedaron los anarquistas en el comedor charlando. Dejaron el balcón abierto. De la taberna alguien había dado la noticia al Círculo de la gravedad de Juan, y de vez en cuando se acercaba alguno á la casa y desde la misma calle gritaba:

—¿Eh?

—¿Quién es?—decía Prats ó el Libertario saliendo al balcón.

—¡Salud, compañero!

—Salud.

—¿Cómo está Juan?

—Mal.

—¡Qué lástima! Vaya... salud.