—Salud.

Al cabo de un rato se repetía lo mismo.

La Salvadora y Manuel estaban en el cuarto de Juan, que divagaba continuamente: Sentía el enfermo la preocupación de ver la mañana, y á cada paso preguntaba si no había amanecido.

Tenían abiertas las contraventanas por orden de Juan. A las cuatro empezó á amanecer; la luz fría de la mañana comenzó á filtrarse por el cuarto. Juan durmió un rato y se despertó cuando ya era de día.

En el cielo azul, con diafanidades de cristal, volaban las nubes rojas y llameantes del crepúsculo.

—Abrid el balcón—dijo Juan.

Manuel abrió el balcón.

—Ahora levantadme un poco la cabeza.

Metió la Salvadora el brazo por debajo de la almohada y le irguió la cabeza. Luego le colocaron un almohadón debajo para que estuviera más cómodo.

Ya el sol de una mañana de Mayo, brillante como el oro, iba iluminando el cuarto.