—¡Oh! Ahora estoy bien—murmuró el enfermo.

El reflejo rojo del día daba en el rostro pálido del enfermo. De pronto hubo una veladura en sus pupilas, y una contracción en la boca.

Estaba muerto.

La Salvadora y la Ignacia vistieron á Juan, que había quedado como un esqueleto. Quitaron la mesa del comedor y allí pusieron el cadáver.

Su rostro después de la muerte, tomó una expresión de serenidad grande.

Durante todo el día no pararon de ir y venir compañeros. Entraban, hablaban en voz baja y se marchaban entristecidos.

Por la noche se reunieron más de doce personas á velar al muerto. Manuel entraba también á contemplarle.

¡Quién le había de decir que aquel hermano á quien no había visto en tanto tiempo iba á dejar una huella tan profunda en su vida!

Recordaba aquella noche de su infancia, pasada junto á su madre muerta. El mismo flujo tumultuoso de pensamientos le sobrecogían. ¿Qué hacer? pensaba. Se ha hundido todo. ¿Es que ya no quedaba en la vida cosa digna de ser deseada? ¿Es que ya no había más plan que hundirse para siempre en la muerte?

—¡Te has ido al otro mundo con un hermoso sueño—y miraba el cadáver de Juan—, con una bella ilusión! Ni los miserables se levantarán, ni resplandecerá un día nuevo, sino que persistirá la iniquidad por todas partes. Ni colectiva ni individualmente podrán libertarse los humildes de la miseria, ni de la fatiga, ni del trabajo constante y aniquilador.