—¡Acuéstate!—dijo la Salvadora á Manuel viéndole tan excitado.
Estaba rendido y se tendió en la cama.
Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de estatuas; en una ponía «La Verdad», en la otra «La Naturaleza», en la otra «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un guardia le dijo:
—¡Descúbrete, compañero!
—¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es esta?
—Es la fiesta de la Anarquía.
En esto pasaron unos andrajosos en los cuales Manuel reconoció al Madrileño, á Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!» y los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles.
Enredado en este sueño le despertó la Salvadora.
—Está la policía—le dijo.
Efectivamente, á la puerta había un hombre bajito, de barba, elegante, acompañado de otros dos.