—Sí, señor.
—Buenas noches—saludaron los policías.
—Buenas noches—contestaron los anarquistas.
—Cochina rasa—gruñó Prats—. Este maldito pueblo había que quemarlo.
Todos hablaron en el mismo sentido. Odio eterno, eterna execración contra la sociedad.
Por la mañana algunos se fueron al trabajo y quedaron Prats, el Libertario y Manuel. Estaban hablando cuando se presentó en el cuarto la Filipina.
La Salvadora la dejó pasar. Había estado en el hospital, enferma. Se le notaba la enorme palidez en los labios y en los ojos. Le habían operado á la pobre y olía de un modo insoportable á yodoformo. Entró, tocó la cara del cadáver con las manos y empezó á llorar. Manuel la contempló con melancolía. Aquella tristeza de animal en los ojos, el cuerpo débil, las entrañas quemadas por el cirujano...
—¡Maldita vida!—murmuró—. Había que reducirlo todo á cenizas.
Salió la Filipina y á la media hora volvió con lirios blancos y rojos, y los echó en el suelo delante de la caja.
A las dos era el entierro, y para antes de esta hora había ya un grupo grande en la calle de Magallanes. Al dar las dos Perico Rebolledo, Prats, el Libertario y el Bolo, sacaron la caja en hombros y la bajaron hasta el portal. Un amigo de Prats echó una bandera roja encima del ataud y se pusieron todos en marcha. Cruzaron por entre callejuelas, hasta salir al paseo del Cisne. Iban allá á dejar la caja en el coche, cuando cuatro mujeres, á quienes Manuel no conocía, les substituyeron, y siguió el cortejo. Las cuatro, con el mantón terciado, braceaban garbosamente. En la Castellana la gente se paraba á mirarles. En el barrio de Salamanca pusieron la caja en el coche y siguió todo el cortejo á pie. Al pasar de las Ventas, en el camino del Este, por detrás de cada loma, salía una pareja de municipales, y cerca del cementerio había un piquete de guardias á caballo.