—No digas. Si no hubiese sido por ella, ¿dónde estarías tú?
—Estaría hecho un golfo.
—Me parece.
—Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento.
—¿Y tú no tienes más que agradecimiento por ella?
—No lo sé, la verdad. Yo creo que por ella sería capaz de hacer cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi como si fuera mi madre.
Manuel calló, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado y un amigo suyo entraron en el taller.
Eran los recién venidos un par de tipos extravagantes; llevaba Rebolledo, padre, un sombrero hongo de color café con leche con una gran gasa negra, una chaqueta casi morada, unos pantalones casi amarillentos, del color de la bandera de la peste y un bastón de caña con puño de cuerno.
El amigo era un viejecillo con aire de zorro, de ojos chiquitos y brillantes, nariz violácea surcada por rayas venosas y bigote corto y canoso. Iba endomingado. Vestía una chaqueta de un paño duro como piedra, un pantalón de pana, un bastón hecho con cartas con una bola de puño y en el chaleco una cadena de reloj adornada con dijes. Este hombre se llamaba Canuto, el señor Canuto, y vivía en una de las casas anejas al cementerio de la Patriarcal.
—¿No está tu hermana?—preguntó Rebolledo el barbero á Manuel.