—No, padre, no.

—Bueno; como quieras.

—A éstos no les gustan las diversiones manuales—dijo muy serio el señor Canuto.

—¡Pchs! si no somos más que tres, jugaremos al tute arrastrado—murmuró el barbero.

Se presentó la Ignacia en el cuarto, una mujer de treinta á cuarenta, muy esmirriada, y poco después entró la Salvadora.

—¿Y Enrique?—la dijo Manuel.

—En el patio de al lado, jugando.

—¿Quieres echar una partida?—preguntó Rebolledo á la muchacha.

—Bueno.

—Entonces somos dos contra dos.