—Ya la han pescado á usted—dijo Perico á la Salvadora—; la compadezco.

—Tú cállate—exclamó el barbero—; estos muchachos son unos sosos. Anda, siéntate aquí, Salvadora. Tú y yo en contra de la señá Ignacia y del señor Canuto. Les vamos á ganar; ya verás... y eso que son dos marrajos. Corte usté, señá Ignacia... Vamos allá. Los dos hombres y la Ignacia jugaban con gran atención; la Salvadora se distraía, pero ganaba.

Mientras tanto, Perico y Manuel hablaban cerca de la ventana. Sonaba en la calle el gotear de la lluvia densa y ruidosa. Perico explicaba las cosas que tenía en estudio, entre las cuales había una que se figuraba haber ya resuelto y que era la simplificación de los arcos voltaicos; pensaba pedir una patente para explotar su invento.

Hablaba el electricista con Manuel, pero no dejaba de contemplar á la Salvadora con una mirada humilde llena de entusiasmo. En esto, apareció en el cristal de la ventana una cabeza que estuvo largo rato mirando hacia adentro.

—¿Quién es ese fisgón?—preguntó Rebolledo.

Manuel se asomó á la ventana. Era un joven vestido de negro, delgado, con un sombrero puntiagudo en la cabeza y el pelo largo. El joven retrocedió hasta el medio de la calle para mirar la casa.

—Parece que anda buscando algo—dijo Manuel.

—¿Quién es?—preguntó la Salvadora.

—Un tipo raro con melena, que anda por ahí mojándose—contestó Perico.

La Salvadora se levantó para verle.