—¿Y la hermana?
—Ahora vendrá. No sé qué hace. ¡Ignacia!—llamó desde la puerta.
Entró la Ignacia, que recibió á su hermano más sorprendida que satisfecha. Tenía la mujer ya su vida formada y reglamentada, y su egoísmo se sentía inquieto ante un nuevo factor que podía perturbarla.
—¿Y este perro, de dónde ha venido?—preguntó alborotada la mujer.
Al entrar la Salvadora, Juan no pudo evitar un movimiento de sorpresa.
—Es una amiga que vive con nosotros como una hermana—murmuró Manuel.
Al decir esto, Manuel se turbó un poco, y la turbación se comunicó á la Salvadora; Juan saludó, y se inició entre los cuatro una conversación lánguida. De pronto entró gritando el hermano de la Salvadora en el comedor; Juan le acarició, pero no preguntó quién era; el chico se puso á jugar con el perro. La discreción de Juan, al no decir nada, les azoró aún más; las mejillas de la Salvadora enrojecieron, como si fueran á echar sangre, y balbuceando un pretexto, salió del cuarto.
—¿Y qué has hecho? ¿qué ha sido de tu vida?—preguntó maquinalmente Manuel.
Juan contó cómo había salido del seminario; pero el otro no le oía, preocupado por la turbación de la Salvadora.