Luego Juan habló de su vida en París, una vida de obrero, haciendo chucherías, bibelots y sortijas, mientras estudiaba en el Louvre y en el Luxemburgo, y trabajaba en su casa con entusiasmo.

Mezcló en sus recuerdos sus impresiones artísticas, y habló de Rodín y de Meunier, con un fuego que contrastaba con la frialdad con que era escuchado por la Ignacia y Manuel; después expuso sus ideas artísticas; quería producir ese arte nuevo, exuberante, lleno de vida, que ha modernizado la escultura en las manos de un genio francés y de un gran artista belga; quería emancipar el arte de la fórmula clásica, severa y majestuosa de la antigüedad, quería calentarlo con la pasión, soñaba con hacer un arte social para las masas, un arte fecundo para todos, no una cosa mezquina para unos pocos.

En su entusiasmo, Juan no comprendía que hablaba á sus hermanos en un lenguaje desconocido para ellos.

—¿Tienes ya casa?—le preguntó Manuel en un momento en que Juan dejó de hablar.

—Sí.

—¿No quieres cenar con nosotros?

—No, hoy no; mañana. ¿Qué hora es?

—Las seis.

—Ah, entonces me tengo que marchar.

—Y, oye, ¿cómo has llegado á encontrarme?