—Por una casualidad; hablando con un escultor compañero mío que se llama Alex.

—Sí lo conozco. ¿Y cómo sabía dónde vivía yo?

—No, ese no lo sabía; ese me dirigió á un inglés que se llama Roberto, y éste sabía donde estabas de cajista. Por cierto me encargó que fueras á verle.

—¿En dónde vive?

—En el Hotel de París.

—Pues iré á verle. ¡Qué! ¿te vas ya?

—Sí, mañana vendré.

Se fué Juan, y la Ignacia, la Salvadora y Manuel hicieron largos comentarios acerca de él. La Ignacia era la que más escamada estaba con la llegada; suponía si trataría de vivir á su costa; la Salvadora lo encontraba simpático; Manuel no decía nada.

—La verdad es que viene hecho un tipo raro—pensó—; en fin, ya veremos qué le trae por aquí.

Al día siguiente, al llegar Manuel á casa, se encontró con su hermano, que charlaba en el comedor con la Ignacia y la Salvadora.