—¡Hola! ¿Te quedas á cenar?
—Sí.
—A ver si ponéis alguna cosa más—dijo Manuel á la Ignacia—. Este estará acostumbrado á comer bien.
—¡Quia!
Manuel notó que en poco tiempo Juan había logrado hacerse agradable á las dos mujeres; el hermano de la Salvadora hablaba con él como si le hubiese conocido toda su vida.
Encendieron la luz, pusieron la mesa y se sentaron á cenar.
—¡Qué agradable es este cuarto!—dijo Juan—. Se ve que vivís bien.
—Sí—contestó Manuel con cierta indiferencía—, no estamos mal.
—Este—replicó la Ignacia—nunca te dirá que está bien. Todo lo de fuera de casa le parece mejor. ¡Ay, Dios bendito! ¡Qué mundo tan desengañado!
—Qué desengañado ni qué nada—replicó Manuel—, yo no he dicho eso.